top of page
Search

Israel, Palestina y la conciencia cristiana: vivir en medio de la tensión y la gracia

  • Writer: Marissa Galván
    Marissa Galván
  • 2 days ago
  • 7 min read

En su más reciente Asamblea General, la Iglesia Presbiteriana (EE.UU.) adoptó varias medidas relacionadas con Israel y Palestina. Estas decisiones no surgieron de la nada, sino que se fundamentan en décadas de declaraciones y acciones anteriores de la denominación.


Entre otras cosas, la Asamblea tomó las siguientes medidas:

  • Reconoció que Israel ha violado la prohibición internacional del genocidio en su conducción de la guerra en Gaza.

  • Promovió un embargo de armas y pidió al Gobierno de Estados Unidos que suspendiera la transferencia de armas de guerra a Israel hasta que se respete el derecho internacional humanitario.

  • Animó a las personas que pertenecen a la Iglesia Presbiteriana a evitar la compra de productos que apoyen directamente la ocupación o las acciones militares señaladas por la Asamblea, o que se beneficien de ellas.

  • Aprobó nuevas medidas de inversión socialmente responsable, incluida la desinversión en empresas como Palantir Technologies y GE Aerospace.

  • Reafirmó el compromiso de la denominación con el derecho internacional, los derechos humanos y una paz justa para el pueblo palestino.


El liderazgo de la Iglesia hizo énfasis en que estas críticas están dirigidas a las políticas del Estado de Israel, no al pueblo judío ni al judaísmo. También rechazaron explícitamente el antisemitismo.


Lo que estas decisiones significan —y lo que no significan—

Estas medidas expresan el testimonio oficial y la labor de incidencia pública de la denominación. Orientan el trabajo de sus agencias nacionales y animan a las congregaciones y a cada persona presbiteriana a responder.


Sin embargo, no obligan a todas las congregaciones ni a todos sus miembros a adoptar cada recomendación. Las iglesias locales conservan una autoridad considerable dentro de la forma de gobierno presbiteriana.


Una de nuestras confesiones declara que solo Dios es Señor de la conciencia (Westminster). Esto significa que ninguna autoridad humana —sea la Iglesia, el Gobierno o una persona— puede someter la conciencia cristiana más allá de lo que exigen las Escrituras bajo el señorío de Cristo.


Existe, por lo tanto, una diferencia entre el testimonio colectivo de la Iglesia y la conciencia individual.


Las personas comisionadas para servir en la Asamblea General no pueden afirmar ser infalibles. Tampoco poseen la autoridad para exigir que cada persona presbiteriana esté de acuerdo con todas las declaraciones de testimonio social de la denominación.


Solo Cristo es la Cabeza de la Iglesia. Cada persona es libre, por motivos de conciencia, de considerar las conclusiones de la Asamblea, luchar con ellas, discrepar de ellas o rechazarlas.


La Iglesia debe ser profética y proclamar la verdad en el mundo, pero no posee autoridad absoluta sobre las conciencias de quienes creen.


Algunas personas llaman a esto una tensión saludable. Sin embargo, no deja de ser una tensión. Puede causar tristeza y angustia entre creyentes y llevarnos a preguntarnos cómo podemos convivir en medio de nuestras diferencias.


La angustia de Pablo

Romanos 9:1–5 está lleno de tensión y emoción.


El apóstol Pablo es conocido como uno de los grandes teólogos de la Biblia. Por lo general, cuando pensamos en la teología, no pensamos inmediatamente en las emociones. Por eso, las palabras de Pablo en este pasaje pueden sorprendernos: parecen surgir tanto de su corazón como de su mente.


La versión bíblica El Mensaje expresa el dolor de Pablo de una manera particularmente directa:


«Al mismo tiempo, necesitan saber que siempre llevo conmigo una inmensa tristeza. Es un dolor enorme en lo más profundo de mi ser, del cual nunca me libero. No exagero: Cristo y el Espíritu Santo son mis testigos. Es por el pueblo de Israel… Si hubiera alguna manera de que el Mesías me maldijera para que mi pueblo pudiera recibir su bendición, lo aceptaría de inmediato. Es mi familia; crecí con ella. Lo tenía todo a su favor: la familia, la gloria, los pactos, la revelación, la adoración y las promesas, sin mencionar que de este pueblo surgió el Mesías, el Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas, para siempre».

Romanos es una de las cartas más hermosas de la Biblia. En ella, Pablo ofrece lo que Martha C. Highsmith describe como «uno de los testimonios más inspiradores de todas las Escrituras cristianas».


Sin embargo, después del capítulo 8, Pablo parece desmoronarse. Suena como alguien que ha visto la verdad y la luz, y que desea que todas las personas que conoce experimenten lo mismo, pero se siente frustrado porque no lo hacen.


Esta reacción es profundamente humana.


Si descubrimos un buen restaurante, queremos compartirlo. Si encontramos una buena oferta, se lo contamos a otras personas. Si vemos una buena película, la recomendamos. Pero cuando alguien ve la misma película y nos dice que es una basura, podemos sentir enojo y tristeza al mismo tiempo.


Pablo está tan afligido que, según Highsmith, estaría dispuesto incluso a renunciar a su propia relación con Cristo si, de ese modo, el pueblo de Israel pudiera ver lo que tiene: aquello que el propio Pablo ha encontrado.


Hasta el día de hoy, podríamos decir que la angustia de Pablo continúa. Hay personas que reconocen a Cristo como su Mesías y otras que no. Esa tensión sigue formando parte de la vida, nos guste o no.


Para mí, lo más hermoso del pasaje es que Pablo no se da por vencido.


Sigue amando a su familia y reconoce todo lo que esta ha recibido. No la descarta. Su familia continúa formando parte de su vida, de su fe y de su carta.


Si podemos aprender algo de este pasaje, es precisamente cómo vivir con la tensión mientras tratamos de comprender lo que Dios está haciendo en el mundo.


Cuando desaparece la tensión y solo quedan los extremos

Highsmith señala que nuestro mundo actual no parece seguir el ejemplo de Pablo.


Nos descartamos mutuamente e ignoramos los planes y la gracia de Dios: una gracia que se extiende más allá de nuestros círculos, nuestras opiniones y nuestras perspectivas.


A veces ni siquiera sentimos tristeza o angustia al observar cómo luchamos y nos dividimos.


En uno de los extremos se encuentran quienes han utilizado este pasaje para alimentar el antisemitismo.


El antisemitismo es el prejuicio, el odio, la discriminación o la hostilidad contra el pueblo judío por el hecho de ser judío.


Algunas personas cristianas se complacen con la idea de que Dios ha rechazado al pueblo judío. Así interpretan el pasaje de Romanos. Pero esa interpretación constituye una tergiversación.


La actitud de Pablo es exactamente la contraria. Está angustiado porque sus compatriotas judíos no comprenden quién es Cristo ni lo que Cristo ha venido a hacer. En lugar de celebrar su supuesto rechazo, Pablo siente «tristeza y angustia incesante» por Israel, después de haber experimentado personalmente el gozo de la vida en Cristo.


En el otro extremo se encuentran quienes creen que el pueblo judío tiene un derecho divino a regresar a Israel y que Dios desea que lo haga. Esta posición considera a las personas judías descendientes del Israel bíblico y herederas del pacto entre Dios y Abraham.


Algunas personas cristianas entienden el cumplimiento de esta promesa bíblica como un requisito previo para el regreso de Cristo a la Tierra. Como desean que Cristo regrese, apoyan que el pueblo judío tome el control de Israel por cualquier medio que sea necesario.


Esto es lo que se ha denominado sionismo cristiano.


Sin embargo, esta también es una postura de exclusión. La expansión excluye y, en este caso, excluye al pueblo palestino. Contrario a lo que a menudo se supone, dentro del pueblo palestino también hay personas cristianas. Ellas forman parte de la Iglesia gentil a la que también pertenecemos.


La misericordia de Dios desafía nuestras categorías

Kyle D. Fedler afirma que la preocupación principal de Romanos 9–11 no es antropológica. Es decir, la pregunta central no es cuáles seres humanos se salvan y cuáles se condenan.


Esa es una preocupación frecuente entre los seres humanos, pero no es la preocupación principal de Pablo.


El mensaje de Pablo trata de Dios y, en particular, de la misericordia inquebrantable de Dios.


La misericordia de Dios —la gracia de Dios— se opone a nuestra necesidad de decidir, desde una pretendida superioridad moral, quién está dentro y quién queda fuera.


En el pasaje, Pablo está dispuesto a «ser maldecido por el Mesías para que su familia pueda recibir su bendición». Fedler observa que Pablo sigue el ejemplo del Cristo a quien adora: está «dispuesto a asumir el castigo para que otras personas pudieran salvarse».


Pablo está convencido de que Cristo se entregó voluntariamente por amor absoluto a la humanidad.


Y me atrevo a decir que Cristo lo hizo tanto si ese amor era correspondido como si no; tanto si las personas por quienes lo hizo creían en él como si no.


Una conclusión acerca de la verdad

Fedler concluye su comentario diciendo que «cualquier conclusión a la que Pablo llegue con respecto a la salvación de Israel debe comenzar y terminar con su absoluta certeza del amor inquebrantable de Dios, revelado en la cruz de Cristo».


Lo que está en juego es la certeza de la gracia de Dios.


La gracia de Dios supera nuestro entendimiento.


La gracia de Dios elige de maneras inesperadas y sin nuestro consentimiento.


La gracia de Dios debería tener un impacto tan profundo en nuestras vidas que estemos en la disposición de renunciar a nuestras propias certezas y a recordar que no controlamos el amor ni el favor de Dios.


Cualquier postura extrema que niegue la humanidad de otras personas termina excluyendo.


Sin embargo, el Dios que encontramos en Jesucristo avanza continuamente hacia la reconciliación, la misericordia y un abrazo cada vez más amplio.


La tristeza que llevo conmigo

Debo admitir que yo también, desde mi fe cristiana y mi vocación pastoral, llevo conmigo en todo momento una inmensa tristeza.


Creo que las acciones de algunos integrantes del Gobierno israelí han violado la prohibición internacional del genocidio.


Creo que lo que hizo Hamás es malvado.


También es horrible leer que, entre las siete comunidades más grandes de la diáspora judía fuera de Israel, el total de incidentes antisemitas aumentó un 136 por ciento y los incidentes violentos aumentaron un 97 por ciento en comparación con 2022, el año anterior al ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre.


Esta tristeza no me convierte en sionista.


También me llena de tristeza escuchar a integrantes de nuestra familia cristiana justificar la matanza de personas palestinas inocentes porque Israel es «la nación de Dios».


No creo en un Dios que justifique semejante violencia y muerte.


Esta tristeza no me convierte en antisemita.


Esta tristeza me ayuda a reconocer que no poseo toda la verdad o las verdades.


Esta tristeza me llama a la humildad.


Esta tristeza me enseña a aferrarme al amor y a la gracia de Dios, incluso cuando no quiero hacerlo.


Eso es lo que esta angustia provoca en mi conciencia.


Una invitación

Por eso, mi invitación no es que adoptemos una postura determinada y, mucho menos, que usted adopte la mía.


Mi invitación es esta:


Escuchemos.


Aprendamos.


Amemos.


Permitámonos sentir tristeza y angustia.


Sigamos abriendo nuestros corazones y nuestras mentes a la asombrosa gracia de Dios.


No permitamos que nuestras vidas se inclinen hacia el odio.


No permitamos que nuestros impulsos nos conduzcan hacia la exclusión.


El Señor a quien seguimos dedicó su vida a derribar esos muros.


De eso estoy segura.

 
 
 

Recent Posts

See All
Iglesia, siendo reformada

Este es el sermón predicados el 26 de octubre de 2025 en el Culto de la reforma del Caucus hispano del Sínodo del Noroeste Romanos 12: 1-2 Así que, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios

 
 
 

Comments


© 2023 by Make Some Noise.

Proudly created with Wix.com

bottom of page