Cómo ser una persona cristiana conflictiva
El objetivo cristiano ante el conflicto no es ganar, sino restaurar la relación.
Hay pasajes bíblicos cuyo significado parece difícil de descifrar. Mateo 18,15-20 no es uno de ellos. Jesús ofrece instrucciones bastante directas para enfrentar un conflicto: hablar primero con la persona, buscar ayuda si es necesario, involucrar después a la comunidad y establecer límites cuando no haya disposición para escuchar.
El procedimiento parece sencillo. Ponerlo en práctica es otra historia.
Brian Erickson cuenta acerca de una iglesia cuyos miembros se sentían tan intimidados por su organista, una mujer mayor que llevaba muchos años en el puesto, que no se atrevían a despedirla. En lugar de conversar directamente con ella, le organizaron una fiesta de jubilación.
Cuando aquello no funcionó, regalaron el órgano.
La historia resulta graciosa porque es absurda, pero también porque se parece demasiado a la realidad. Las iglesias, como todas las familias, pueden ser lugares llenos de malentendidos, sentimientos heridos, chismes, viejos rencores y diferencias difíciles de manejar. Y no siempre sabemos qué hacer con todo eso.
Dos maneras de evitar el verdadero conflicto
Una respuesta frecuente es la pasividad, o su pariente, la conducta pasivo-agresiva. Comunicamos nuestro descontento por medio del silencio, el sarcasmo, el distanciamiento, las bromas mordaces, la negativa a colaborar o las publicaciones vagas en Facebook. A veces hasta convertimos una frase religiosa en arma: «Estoy orando por ti».
En el extremo opuesto encontramos la cultura del debate, que suele convertir el conflicto en combate.
En esos intercambios, las personas no se escuchan para comprender. Escuchan buscando una debilidad, preparando la respuesta demoledora que calle a la otra persona o esperando el momento que les permita declarar que su lado ganó.
Ninguno de estos enfoques resuelve el conflicto.
La pasividad lo evita al impedir la comunicación directa. El debate combativo lo evita al impedir la vulnerabilidad. Ambos intentan protegernos de una de las posibilidades más inquietantes de un encuentro sincero: que escuchar a la otra persona cambie algo en nuestro interior.
El objetivo no es ganar
Hace algunos años participé en un seminario virtual del Lombard Mennonite Peace Center. De todo lo que aprendí, una idea permanece conmigo: no podemos evadir el conflicto, porque forma parte de la vida cotidiana. La pregunta no es si tendremos conflictos, sino cómo responderemos ante ellos.
Y, para las personas cristianas, el objetivo no debe ser ganar. El objetivo es restaurar la relación.
Eso se parece mucho a lo que Jesús propone en Mateo 18. El corazón del pasaje aparece en el versículo 15: «Si te escucha, habrás recuperado a tu hermano».
No se trata de demostrar que tenemos la razón, hablar a espaldas de la persona o ganar una discusión. El mejor resultado posible, según Jesús, es recuperar a un hermano o a una hermana.
Esto no significa que debamos ignorar el daño o tolerar cualquier conducta. Puede llegar un momento en que sea necesario establecer límites, imponer consecuencias o proteger a la comunidad. La reconciliación no puede imponerse a quien se niega a rendir cuentas.
Pero, aun entonces, el objetivo no es la venganza.
Seguimos dejando abierta la posibilidad del arrepentimiento, la transformación y la reconciliación. Después de todo, cuando Jesús dice que tratemos a alguien «como gentil y recaudador de impuestos», conviene recordar cómo trataba él a esas personas. Mateo mismo había sido recaudador de impuestos. Sabía muy bien en qué consistía la obra restauradora de Jesús.
No publiques primero en Facebook
Las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos y también nuestra manera de enfrentar los conflictos.
Facebook, donde las amistades se forman con solo tocar un botón, también ha hecho que terminarlas sea increíblemente fácil. Podemos eliminar a alguien de nuestra lista, bloquearlo o discutir con esa persona sin tener que mirarla nunca a los ojos.
La afiliación política, el apoyo a determinados candidatos y las posturas sobre asuntos polémicos también han llevado a algunas personas cristianas a cuestionar la fe de otras. Sin embargo, Mateo 18 nos ofrece una narrativa alternativa.
Nos llama a reconocernos como familia y a buscar la reconciliación.
Así que, cuando surja un conflicto:
No publiques primero en Facebook.
Habla directamente con la persona. Comienza con una conversación sincera y respetuosa que preserve su dignidad. Recuerda que el objetivo es la restauración, no la victoria.
Si esa conversación no funciona, amplía el círculo con cuidado. Busca personas capaces de facilitar el discernimiento y fomentar la rendición de cuentas, no aliadas que te ayuden a derrotar a la otra parte.
Reconoce cuándo el conflicto está afectando al resto de la comunidad. Di la verdad con amor. Busca una disciplina justa y restauradora cuando sea necesaria. Y confía en que Cristo está presente en cada conversación incómoda:
«Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
La reconciliación no significa fingir que nada sucedió. La verdad importa. El pecado puede y debe ser nombrado. La rendición de cuentas es real y la comunidad tiene responsabilidades. Pero la disciplina cristiana no debe tener como propósito principal el castigo o la exclusión. Su horizonte es la restauración de las personas y de la comunidad bajo el señorío de Cristo.
Volvamos a la organista
¿Qué habría ocurrido si aquella iglesia hubiera enfrentado directamente el conflicto con su organista?
Para empezar, sus líderes habrían tenido que identificar el verdadero problema.
¿Ya no podía tocar adecuadamente? ¿Controlaba el culto? ¿Se negaba a seguir instrucciones? ¿Habían cambiado las necesidades musicales de la congregación? ¿Su comportamiento se había vuelto perjudicial?
«Tenemos que deshacernos de ella» no describe el conflicto. Un proceso saludable comienza por identificar la conducta o la situación concreta que necesita cambiar.
Después, alguien con la responsabilidad apropiada habría hablado directamente con ella:
«Agradecemos los muchos años que has servido a esta congregación. También necesitamos conversar sobre algunas preocupaciones relacionadas con tu función como organista y sobre lo que la iglesia necesitará de ahora en adelante».
Entonces, y esto es fundamental, la habrían escuchado.
Tal vez ella sabía que estaba teniendo dificultades y sentía terror de perder una función que se había convertido en parte central de su identidad. Quizás nadie le había dicho que existía un problema. Tal vez tenía sus propias quejas o algunas de las suposiciones de la congregación eran incorrectas. También es posible que fuera una persona difícil y no estuviera dispuesta a cambiar.
Un proceso saludable no garantiza que todas las personas estarán de acuerdo. Garantiza que recibirán la dignidad de participar con sinceridad en un conflicto que les concierne.
La iglesia podría haber establecido expectativas, recursos y consecuencias claras: esto es lo que debe cambiar; esto es lo que podemos ofrecer para ayudarte; en esta fecha volveremos a evaluar la situación. Si finalmente hubiera sido necesario despedirla, podrían haberlo hecho de una manera abierta, compasiva y clara.
Cuando nos negamos a enfrentar el conflicto, con frecuencia intentamos cambiarlo todo menos el verdadero problema. Reorganizamos los programas, sustituimos los comités, alteramos el culto, redactamos nuevas políticas o abandonamos la iglesia.
Y, aparentemente, a veces hasta regalamos los órganos.
Cualquier cosa con tal de no decir: «Hermana, tenemos que hablar».
Una comunidad valiente
La paz no es simplemente la ausencia de una conversación incómoda. En ocasiones, la paz se vuelve posible precisamente porque finalmente tuvimos esa conversación.
Jesús no nos enseña a construir comunidades sin conflictos. Nos enseña a formar comunidades lo suficientemente valientes como para decir la verdad con amor, lo suficientemente humildes como para escucharse y lo suficientemente comprometidas como para permanecer en relación mientras enfrentan las cosas difíciles.
A veces, la reconciliación significa permanecer juntas.
Otras veces, significa que alguien deja de ocupar el puesto de organista.
Y, en ciertas ocasiones, significa reconocer que una relación o una función debe cambiar, pero tomándonos el tiempo para honrar el servicio de una persona y poniendo fin a las cosas de una manera saludable y amorosa.
En todos los casos debemos recordar el objetivo: recuperar a un hermano o a una hermana.
Ser una persona cristiana conflictiva no significa ir por la vida creando conflictos. Ya tenemos suficientes personas ofreciéndose como voluntarias para ese trabajo.
Significa negarnos a huir del conflicto. Hablar con sinceridad, pero sin crueldad. Escuchar sin preparar nuestra próxima respuesta. Arriesgarnos a ser transformados y transformadas por la verdad de otra persona. Buscar la rendición de cuentas sin renunciar precipitadamente a la relación.
Significa creer que, incluso en esa habitación incómoda, durante esa conversación difícil, cuando dos o tres personas se esfuerzan por encontrar el camino de regreso unas hacia otras, Cristo está allí en medio de ellas.
Este texto fue adaptado de un sermón predicado el 6 de septiembre de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont, basado en Mateo 18:15-20.

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