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  • Writer: Marissa Galván
    Marissa Galván
  • 2 days ago
  • 8 min read

Esta es una reflexión basada en un sermón que utiliza Mateo 11:16-19, 25-30. Comparte mis preocupaciones sobre intentos de redefinir la gracia hacia el legalismo y la restricción.


La gracia barata y la gracia costosa

Gracia es una de mis palabras favoritas porque expresa la manera en que Dios se relaciona con su creación. Si dedico tiempo a comprenderla plenamente, entenderé mejor la inmensa gratitud que la creación debería sentir hacia Dios.


Como editora de recursos en español de la Iglesia Presbiteriana (EE.UU.) trabaje en un currículo titulado Crecemos en gracia y gratitud. Uno de los mayores desafíos que enfrentamos fue tratar de explicar la gracia a la niñez de la iglesia. Nuestro ensayo base decía lo siguiente acerca de la gracia:


«Dios es quien crea por amor; nos ama incluso cuando nos apartamos de Dios y de su camino en el mundo; obra el perdón de nuestro pecado; se revela en la persona de Jesucristo; y continúa sosteniéndonos y fortaleciéndonos mediante el poder del Espíritu Santo. Todo esto es un don gratuito para su pueblo: no podemos ganarlo ni retribuirlo. La gracia es, por un lado, la manera en que Dios actúa y, por otro, un regalo que se nos concede para compartirlo y apoyarnos en él a lo largo de la vida».

¡Pero esas son demasiadas palabras!


Creo que la frase que finalmente encontramos para explicarla fue: «La gracia es un amor más grande de lo que puedes imaginar».


Y es verdad.


La gracia es un amor inmerecido, porque consiste en recibir bondad cuando, en realidad, mereceríamos lo contrario. Es más grande que nosotros y nosotras/es porque perdona todos nuestros errores y nos da esperanza para el futuro. Además, la gracia es un regalo cotidiano, porque necesitamos ese amor todos los días para ayudarnos a ser la mejor versión de quienes somos.


Dietrich Bonhoeffer habló de manera memorable acerca de la gracia barata y la gracia costosa. La gracia barata, dice Bonhoeffer, es la gracia sin discipulado: el perdón sin arrepentimiento, la fe sin transformación y la religión sin una entrega genuina a Cristo. Es la tentación de aceptar la misericordia de Dios mientras se resiste el llamado de Dios a cambiar.



La gracia costosa, en cambio, es la gracia que nos llama a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Es costosa porque exige sacrificio, arrepentimiento y obediencia; sin embargo, sigue siendo gracia porque, por medio de ella, descubrimos la verdadera vida en Cristo. Bonhoeffer nos recuerda que la gracia es gratuita, pero no es barata: le costó a Dios la vida de su Hijo y nos llama a responder con una entrega de todo corazón.


Así que hemos dicho que la gracia es amor y que puede ser barata o costosa… pero ¿puede también ser ligera y llevadera?


Cuando la gracia es pesada

En Mateo 10 hemos escuchado a Jesús hablar con sus discípulos acerca de su llamado. Ha sido profundamente sincero. Les ha dicho que serán como ovejas en medio de lobos. Les ha advertido que serán rechazados y perseguidos, que sus familias podrían experimentar divisiones y la ruptura de los vínculos familiares. También les ha dicho que el discipulado exige una lealtad absoluta a Cristo por encima de cualquier relación terrenal y que deberán tomar su propia cruz —un instrumento de tortura— para seguirle. Todo esto conecta profundamente con la idea de Bonhoeffer sobre la gracia costosa: seguir a Jesús tiene un costo porque nos exige todo, pero sigue siendo gracia porque, mediante esa entrega, recibimos la vida en Cristo.


La gracia, entonces, puede parecer una carga pesada, algo difícil de llevar.


Y cuando llegamos a Mateo 11, esa carga no parece hacerse más ligera. Jesús pronuncia los versículos 16–18 sabiendo que su primo Juan está en la cárcel. Comienza con una pregunta retórica: «¿Con quién compararé a esta generación?». Luego la compara con unos niños y niñas que están en la plaza jugando… o, mejor dicho, que no quieren jugar en absoluto. ¿Suena música alegre? Se niegan a bailar. ¿Se entonan cantos fúnebres? Se niegan a lamentarse. ¡Es un grupo caprichoso y difícil de complacer! Rechazan a Juan porque es demasiado austero: «Tiene un demonio». Y rechazan a Jesús porque es demasiado confianzudo y abierto a la gente: «Es un comilón y un borracho». Así que el problema no es el estilo ni el método de Jesús. Lo habrían rechazado de cualquier manera. Su manera de entender la gracia les resulta demasiado pesada.


Pero ¿cuándo llega realmente a ser pesada la gracia?


Esta semana estuve viendo la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana y observé que hay personas que desean que la Iglesia vuelva a una época en la que las cosas eran supuestamente menos complicadas. Quieren "reconquistar" a las iglesia protestantes que son más abiertas, para que vuelvan a una supuesta ortodoxia. ¡Hasta han escrito 95 tésis! Estas son algunas de estas tésis con comentario:


  • Los ministros cristianos no deben tener permitido negar que Jesús es verdaderamente Dios. Bien. Eso parece concordar con nuestras confesiones de fe… pero la expresión «no deben tener permitido» me resulta incómoda. Me suena a sentencia y a posible castigo... no a gracia.

  • Los ministros cristianos deben afirmar la autoridad de la Escritura como Palabra de Dios. Claro… pero el problema está en cómo se interpreta esa «autoridad de la Escritura». Esta ministra cristiana cree que Cristo es el centro de toda interpretación bíblica. También cree que la Escritura debe leerse en comunidad, lo cual significa que mi interpretación no prevalece sobre la tuya, porque el Espíritu Santo sigue iluminando nuestra comprensión de la Palabra de Dios.

  • La Iglesia debe afirmar que existe un solo Dios verdadero. Sí… pero debemos tener cuidado de que eso no implique que las demás religiones provienen del diablo y que, por tanto, no debamos dialogar ni colaborar con ellas. El dialogo interreligioso es esencial para nuestro trabajo en el mundo. Si, en lugar de dar un testimonio fiel y amoroso, nos dedicamos a generar hostilidad, la Iglesia termina perdiendo su rumbo.

  • La teología de la liberación, aunque contiene elementos de verdad, no debe sustituir al verdadero evangelio. Y aquí tengo muchas objeciones. ¿Quién define qué significa «el verdadero evangelio»? Es cierto que no debemos reducir el evangelio únicamente a la liberación política. Sin embargo, la teología de la liberación pone de relieve la preocupación de Dios por las personas oprimidas y subraya la justicia y la verdadera libertad para todas las personas. Entonces… ¿el verdadero evangelio no habla de estas cosas? A mí esto me huele a agenda oculta. Y prefiero no entrar a hablar del prejuicio que hay detrás de una afirmación que señala específicamente a una corriente teológica nacida en América Latina y África.


Todo esto me recuerda que, con demasiada frecuencia, juzgamos el mensaje de Dios a partir de nuestras propias preferencias. Queremos controlar lo que Dios dice, lo que la Iglesia dice y lo que las personas que ejercen el ministerio dicen. Queremos que Dios hable como queremos que hable. Queremos que la gracia sea para las personas que consideramos merecedoras de ella. Queremos que la Iglesia incluya a personas iguales a nosotros y nosotras… pero que excluya a quienes son diferentes.


Y cuando hacemos eso, hacemos que la gracia sea pesada.


Convertimos la gracia en legalismo.


Dan González, en su comentario sobre este pasaje, nos recuerda que los sistemas legalistas imponen cargas aplastantes sobre las personas. Son sistemas de expectativas rígidas. Prosperan a partir del juicio público. Infunden miedo al fracaso. Y entonces la gracia deja de funcionar como gracia y empieza a funcionar como castigo.


Empieza a funcionar como venganza.


Empieza a funcionar como exclusión.


Deja de ser amor y se convierte en algo completamente distinto porque la gracia rompe nuestras expectativas. La gracia llega de maneras inesperadas. Y cuando empezamos nuestras frases diciendo que los ministros «deben» hacer esto o «no deben» hacer aquello, o que la Iglesia «debe» hacer esto o «no debe» hacer aquello, olvidamos que la gracia no nos pertenece.

No nos corresponde controlarla. La gracia no baila al son de nuestra música.

No depende de nuestro estado de ánimo.


Cuando la gracia es ligera y llevadera

Entonces, ¿cuándo se vuelve ligera y llevadera la gracia?


Y fíjense bien: no estoy diciendo que «ligera» signifique «barata».


Seguir a Jesús sigue siendo costoso. La gracia continúa siendo gratuita, pero una respuesta auténtica de gratitud nos lleva a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Esa respuesta implica sacrificio, arrepentimiento y obediencia.


Dan González nos recuerda que seguir a Jesús es costoso porque nos exige todo; sin embargo, la carga que Jesús nos ofrece es mucho más ligera que la carga del legalismo, de la necesidad constante de demostrar nuestro valor, de la autoprotección y, en última instancia, de resistir la gracia ligera y llevadera de Dios.


La gracia ligera y llevadera no se concede solamente a una persona, sino a toda una comunidad.


La gracia ligera y llevadera hace que los yugos y las cargas se lleven en comunidad, nunca en soledad.


La gracia ligera y llevadera está definida por el amor, no por las restricciones.


La gracia ligera y llevadera ofrece descanso para nuestra alma en lugar de culpa y juicio.


Por eso interpreto hoy que Jesús puede decir que su yugo es fácil y su carga es ligera. Él entiende su ministerio como una experiencia profundamente comunitaria, y entiende el amor de Dios como su sostén, su seguridad y su motivación.


Y necesitamos aprender siempre de él.


En lugar de redactar más tesis, necesitamos aprender a vivir desde la gratitud.


En lugar de imponer más restricciones, necesitamos encontrar maneras de conectar con Dios y mutuamente.


En lugar de levantar muros, necesitamos construir puentes.


Es entonces cuando la gracia se vuelve ligera y llevadera.


Y la gratitud deja de ser una obligación para convertirse en una celebración del bienestar y del amor de Dios para el mundo.


Amamos porque Dios nos amó primero

Como decía al comienzo de este ensayo, la gracia es una de mis palabras favoritas.


Me recuerda que Dios me ama.


Me recuerda que no estoy sola.


Me recuerda que las cosas no dependen únicamente de mí, sino que hay una Sabiduría mayor que la mía que guía mi camino.


También me recuerda —y me impulsa una y otra vez— a cultivar la disciplina de la gratitud.


He recibido gracia y doy gracias.


El bautismo siempre me ha recordado la gracia y la gratitud. Por eso quiero compartir una de mis liturgias bautismales favoritas e invitarles a leerla como una afirmación de una convicción de que la gracia de Dios es amorosa, que la gracia de Dios es costosa y que la gracia de Dios también puede ser ligera y llevadera cuando recordamos el compromiso y la promesa que Dios ha hecho con su pueblo. Es parte de la liturgia de bautismo de la Iglesia Reformada Francesa:


Por ti, pequeña, por ti, pequeño:

El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas en la creación,

y el Señor Dios hizo pactos con su pueblo.


Fue por ti que la Palabra de Dios se hizo carne

y habitó en medio nuestro,

llena de gracia y de verdad.


Fue por ti, que Jesucristo sufrió la muerte,

clamando al final:

«¡Consumado es!».


Por ti, Cristo triunfó sobre la muerte,

resucitó a una vida nueva

y ascendió para reinar sobre todas las cosas.


Todo esto fue hecho por ti,

aunque todavía no puedas comprenderlo.


Pero seguiremos anunciándote esta buena noticia

hasta que llegue a ser también tuya.


Y así se cumple la promesa del evangelio:

«Nosotros amamos porque Dios nos amó primero».



 
 
 
  • Writer: Marissa Galván
    Marissa Galván
  • Oct 27, 2025
  • 7 min read

Este es el sermón predicados el 26 de octubre de 2025 en el Culto de la reforma del Caucus hispano del Sínodo del Noroeste

 

Romanos 12: 1-2

Así que, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes. 2 No se conformen a este mundo; más bien, transfórmense por la renovación de su entendimiento de modo que comprueben cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.

 

Siendo reformada

Cuando me senté a pensar en este sermón, lo primero que me vino a la mente no fue la famosa canción de la Reforma, «Castillo fuerte». Fue otra canción… una canción sencilla que aprendí cuando era niña en la iglesia.

 

Decía así:

Siempre mejorando, siempre mejorando, siempre mejorando en el Señor… Siempre mejorando… siempre mejorando en el Señor.

 

Y pensé… ¿qué pasaría si la adaptamos para este día para que hable de la iglesia y dijera…?

 

Siendo reformada, siendo reformada,

Siendo reformada en el Señor…

Siendo reformada… siendo reformada en el Señor.

 

Cristo en mi vida es real.

Cristo en mi vida es real.

Cristo en mi vida es real.

Siendo reformada en el Señor.

 

Y es que eso es precisamente lo que celebramos en el Día de la Reforma.

 

Una iglesia reformada,

una iglesia que sigue siendo reformada por Dios

una iglesia que es guiada por el Espíritu,

siempre siendo transformada en Cristo.

 

¿Qué es lo que hay que reformar?

Pero hoy deseo añadir varias preguntas a esta afirmación: ¿Qué es lo que Dios quiere reformar? ¿Cuál es el propósito de esta reforma?

 

Porque en estos momentos vivimos en un mundo donde todo el mundo quiere reformar la iglesia con opiniones sobre cómo el cristianismo debe cambiar, lo que es la iglesia y sobre lo que las personas cristianas deben ser:

 

Escuchamos cosas como…

  • La iglesia tiene que ser más moderna.

  • Tiene que ser más tradicional.

  • Más abierta.

  • Más bíblica.

  • Más progresista.

  • ·Mas conservadora.

  • ·Más activa.

  • Más callada.

  • La iglesia debe meterse en la política.

  • La iglesia no debe meterse en la política.

  • La iglesia debe dar órdenes al estado

  • La iglesia debe estar separada del estado.

 

En medio de todas esas voces, ¿qué significa ser una iglesia reformada, siempre siendo reformada por Dios por medio de su Palabra?

 

En Romanos 12: 1-2 vemos a Pablo haciéndole una invitación imperativa a la iglesia. Hay algunas personas que piensan que este pasaje tiene que ver con ética cristiana, con pensar en lo que está bien o está mal en nuestra conducta de vida. Sin embargo, cuando la profesora Beverly Gaventa mira este pasaje, dice que este no se trata nada más de cambiar nuestra conducta. Dios nos ha liberado del pecado, nos ha colocado bajo el señorío de Cristo y nos ha llenado del Espíritu Santo. Esa transformación no es un logro personal que se da a través de nuestra conducta, sino que se ha dado a través de la gracia de Dios, de ese amor que es más grande de lo que podamos entender.

 

¿Cuál entonces es el resultado de esa transformación? La gratitud. Esa es la respuesta racional y adecuada ante la misericordia de Dios. Por eso es por lo que presentamos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Por eso es que no nos conformamos a este mundo. Por eso es que buscamos hacer la voluntad de Dios. Porque la gracia que hemos recibido nos capacita para hacer el bien en gratitud por todo lo que hemos recibido.

 

En cierta manera entonces, podríamos decir que Martín Lutero, al leer Romanos y entender e interpretar esta gran verdad, comienza a hacer preguntas a la iglesia: ¿Cómo respondemos con gratitud a la gracia de Dios si la iglesia está pretendiendo vender esa gracia? Y él hace esta pregunta porque en su tiempo, la Iglesia vendía indulgencias que eran, de cierta forma, maneras de «comprar» el perdón, como si el sacrificio de Cristo no hubiese sido lo suficiente.

 

Ante esto, Lutero declaró que el sacrificio de Jesús sí era suficiente. La salvación es por gracia, mediante la fe. No por obras. No por dinero. No por méritos humanos.

 

En ese sentido podemos afirmar que la Reforma no fue solo una protesta, sino un intento de volver a la Palabra y de volver a la verdad del Evangelio. Lo mismo que movió a Pablo en Romanos, es lo que mueve a Lutero y es lo mismo que debe mover a la iglesia en estos momentos.

  • Debemos salir del enfoque de las obras al enfoque de la gracia.

  • Debemos salir del enfoque del esfuerzo al enfoque de la gratitud.

  • Debemos salir de la iglesia siempre reformándose a la iglesia siempre siendo reformada por la gracia de Dios.

 

Y nuestras vidas individuales y como comunidad de fe deben dar testimonio del impacto de la gracia y de la demostración de nuestra gratitud.

 

Pablo nos habla: no se conformen a este mundo, a este momento, a estas voces que pretenden decirnos cómo debemos ser y llevarnos lejos de lo que Jesús hizo y dijo. Es un lenguaje fuerte y casi apocalíptico. Sin embargo, hay urgencia. El tiempo es ahora. Y debemos seguir siendo reformados y haciendo ministerio que declare el impacto de la gracia en el mundo.

 

¿Cómo damos testimonio de ese impacto?

En el Libro de orden de la Iglesia Presbiteriana EE.UU.A., en la sección que nos habla de los fundamentos de la iglesia, hay dos secciones importantes. La primera nos habla de las marcas de la iglesia reformada. Esta nos dice que donde está Cristo, ahí está la verdadera iglesia y nos recuerda que, desde los tiempos de la Reforma, la comunidad cristiana ha mostrado la presencia de la verdadera iglesia de estas maneras:

  • En cualquier lugar que la Palabra de Dios es predicada y escuchada con verdad y los sacramentos son administrados correctamente.

  • En cualquier lugar en donde la disciplina eclesiástica es ministrada con rectitud.

 

Luego afirma que, en nuestro tiempo, la Iglesia es fiel y agradecida a la misión de Cristo cuando:

  • Proclama y escucha la Palabra de Dios.

  • Responde a la promesa de la nueva creación de Dios en Cristo e invita a todas las personas a participar en esa nueva creación.

  • Administra y recibe los sacramentos.

  • Da la bienvenida a quienes son parte del cuerpo de Cristo.

  • Da testimonio de la muerte y resurrección salvadora de Cristo.

  • ·Anticipa el banquete celestial que está por venir.

  • Se compromete en el presente a la solidaridad con las poblaciones marginadas y hambrientas.

  • Fomenta a una comunidad de pacto del discipulado de Cristo, viviendo en la solidez de la promesa a Dios.

  • Se entrega al servicio de la misión de Dios.

 

Todas estas son marcas de lo que la iglesia hace en el mundo. Notemos que en estas marcas no está el hacer que todo el mundo se someta a las creencias de una iglesia en particular, ni dice que la iglesia apoyará a una persona particular como su jefe que no sea Cristo.

 

Luego, en la segunda sección, se presentan los grandes fines de la iglesia. Al leerlos, podríamos pensar que son una declaración de misión. Sin embargo, el Rev. Dr. Joseph Small nos recuerda que estos son como una guía a la reforma de la iglesia. Él dice que en «lugar de plantear una descripción idealizada de quienes somos, nos desafían al decirnos quienes hemos de ser». Son, él afirma, «como un correctivo necesario, un examen amplio que nos proporciona una manera fiel de examinar nuestra vida comunitaria». Nos hablan del impacto que deberíamos estar haciendo en el mundo como testimonio de nuestra gratitud por la gracia que hemos recibido.

 

¿Qué tienen que ver estos con las grandes afirmaciones de la Reforma?

 

La proclamación del evangelio para la salvación de la humanidad: Recibimos salvación solo por la fe, por la gracia de Dios, por medio de Jesucristo. La iglesia es reformada cuando vuelve a proclamar esta buena noticia sin distorsiones, sin añadidos, sin condiciones. No es nuestra decisión quién se salva o no. Ese no es nuestro trabajo. Nuestro trabajo es proclamar.

 

El amparo, educación, y confraternidad espiritual del pueblo de Dios: La Reforma rompe con la idea de que solo unas pocas personas podían acceder a la Biblia o ejercer el ministerio. Hoy este fin nos llama a formar una iglesia en donde toda persona sea discípula activa aprendiendo, acompañando, creciendo en familia en el camino de la fe.

 

El mantenimiento de la adoración divina: Las personas que participaron de la Reforma insistieron en que la adoración debe estar centrada en Dios, debe ser accesible para todo el pueblo de Dios y debe estar basada en la Palabra y no en tradiciones o condiciones humanas. Hoy la adoración sigue siendo reformada cuando la hacemos auténtica, participativa, inclusiva y contextualizada para que pueda seguir conectando al pueblo con Dios.

 

La preservación de la verdad: Preservar la verdad no es encerrarse en dogmas rígidos o excluir a personas que piensan o creen diferente, sino volver una y otra vez a la Escritura como nuestra fuente de discernimiento y no como fuente de exclusión. La iglesia es reformada cuando escucha la Palabra con corazón abierto y mente renovada.

 

La promoción de la justicia social: La Reforma no fue meramente un evento teológico. Fue también un momento profético que denuncio abusos de poder, desigualdades e injusticias. Hoy la iglesia sigue siendo reformada cuando nos comprometemos con la justicia, cuando somos voz en favor de las personas oprimidas y cuando luchamos por un mundo de justicia a la luz del evangelio.

 

La manifestación del reino de los cielos al mundo: La iglesia no existe para sí misma. No está aquí para sobrevivir o para mantenerse en el poder. Existe para ser muestra del Reino: del reino de amor, justicia, perdón y esperanza que Jesús anunció y encarnó. La iglesia sigue siendo reformada cuando vive como señal visible del Reino de Dios en el mundo.

 

Joseph Small llama a los grandes fines de la iglesia, los grandes desafíos de la iglesia porque desafían nuestras maneras habituales de pensar sobre la vida de la iglesia y sobre su fe y misión. Estos desafíos son tan imperativos como las palabras de Pablo en Romanos: ¡Manifiesten! ¡Promuevan! ¡Preserven! ¡Mantengan! ¡Amparen, eduquen, confraternicen! ¡Proclamen! En estos imperativos es que hallamos el propósito de la reforma de Dios para la iglesia. Son nuestro horizonte al hablar de transformación. Nos llaman a un amor más profundo a Dios y a nuestro prójimo que se manifiesta por medio de nuestra gratitud ante la gracia divina. Lo que dice la Escritura y que Lutero capturó nuevamente, sigue siendo nuestra guía. La gracia nos mueve a estos imperativos, no para ganarla, sino para vivirla… no para obtenerla, sino para agradecerla. Por eso la iglesia sigue cantando:

 

Siendo reformada, siendo reformada,

Siendo reformada en el Señor…

Siendo reformada… siendo reformada en el Señor.

 

Cristo en nuestra vida es real.

Cristo en nuestra vida es real.

Cristo en nuestra vida es real.

Siendo reformada en el Señor.

 

 

 

 
 
 
  • Writer: Marissa Galván
    Marissa Galván
  • Sep 23, 2025
  • 4 min read

La importancia de las preguntas

El sábado pasado participé en un evento de educación cristiana del Sínodo. Me invitaron a hablar específicamente sobre el libro Preguntas presbiterianas, respuestas presbiterianas y su uso en los programas de educación cristiana. Una de las ideas que compartí fue la importancia de hacer preguntas en la educación y en el testimonio de la iglesia. No es casualidad que este formato de preguntas y respuestas se haya utilizado desde los comienzos del cristianismo como herramienta de instrucción.


En el Libro de confesiones de la Iglesia Presbiteriana (EE.UU.A.) encontramos al menos tres documentos que emplean este formato. El que más recuerdo es el Catecismo menor de Westminster, porque —como me dice mi madre— mi abuela tuvo que aprenderlo para ser miembro de la iglesia. Una de sus preguntas trata sobre la oración. La pregunta 98 dice:


«¿Qué es la oración?» R. La oración es un acto mediante el cual presentamos a Dios nuestros deseos, pidiendo solo aquellas cosas que estén de acuerdo con su voluntad y orando en el nombre de Cristo, confesando nuestros pecados y reconociendo con gratitud su misericordia.

Por su parte, el Catecismo de Heidelberg pregunta:


«¿Por qué es necesaria la oración para las personas cristianas?R. Porque es la parte principal de la gratitud que Dios exige de nosotras y nosotros, y porque Dios dará su gracia y su Espíritu Santo únicamente a quienes sinceramente oran sin cesar y expresan gratitud por estos dones.

La oración siempre ha sido un tema central de instrucción en la vida cristiana. No debe sorprendernos, entonces, que las cartas pastorales enseñen a Timoteo y a su comunidad acerca de ella. De hecho, el pasaje que acabamos de leer parece la contestación a una pregunta: ¿por qué cosas debe orar la comunidad cristiana?


En el pasaje más amplio de 1 Timoteo 2:1–15 encontramos cuatro énfasis:

  1. Orar por todas las personas, incluidas quienes gobiernan.

  2. Reconocer que la oración crea condiciones favorables para anunciar el evangelio.

  3. Entender la oración como una actitud de vida que conduce a la unidad, a la pureza y a las buenas obras.

  4. Asumir la oración como un llamado a la obediencia y a la humildad.


¿Orar por quién?

Sin embargo, la parte del texto en donde se posó mi atención comienza así:


«1 Ante todo, exhorto a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todas las personas; 2 por los reyes y por todas las autoridades, para que vivamos con tranquilidad y reposo, en toda piedad y honestidad. 3 Esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, 4 que quiere que todas las personas se salven y lleguen a conocer la verdad.»

¿Por qué la carta pide orar por quienes gobiernan para que vivamos con tranquilidad y reposo? Esta es una buena pregunta. La comunidad cristiana del siglo I vivía bajo el Imperio romano, donde la sociedad esperaba que se orara por el emperador. Algunas personas consideraban a la iglesia antipatriótica y antisocial, porque se negaba a participar en sacrificios o juramentos públicos al César. Así, la instrucción de orar por las autoridades podía ser una manera de mostrar que la comunidad no era una amenaza política, ganando espacio para la paz social y para proclamar el evangelio con libertad.


Otras interpretaciones sugieren que esta práctica no buscaba someterse, sino desactivar sospechas y evitar persecuciones innecesarias. Según otra lectura, la petición de «tranquilidad» se entiende como condición mínima para cumplir la misión de la iglesia: proclamar que Dios quiere que todas las personas se salven.


Una apelación al shalom

Sin embargo, la teóloga mexicana Elsa Tamez ofrece otra interpretación: la oración por las autoridades no es pasiva ni sumisa, sino un recordatorio público de su responsabilidad. Oramos para que el pueblo viva en paz y dignidad, que es la voluntad divina.


Es como si estuviéramos hablando de un quinqué en una noche oscura. Si tiene aceite y la mecha encendida, ilumina y cumple su propósito. Si el quinqué se apaga o se queda sin aceite, deja de servir el propósito para el que fue creado.


Así también, oramos para que las autoridades cumplan su deber de alumbrar el camino del pueblo con justicia, piedad y honestidad. Si no lo hacen, dejan de responder a lo que Dios espera de ellas. Estas dejan de cumplir con su propósito.


Además, Tamez recuerda que la palabra griega eusebeia («piedad») se refiere no solo a la devoción religiosa, sino a un modo de vida justo, digno y respetado socialmente. La oración pide, entonces, condiciones para que la vida comunitaria florezca según la voluntad de Dios.


Finalmente, ella conecta esta tranquilidad con el shalom bíblico: reconciliación con Dios, plenitud personal, justicia comunitaria y armonía con la creación.


Romper el silencio

El teólogo Walter Brueggemann afirma que «la oración es un acto de romper el silencio». La intercesión es irrumpir en los tribunales del poder en favor de otras personas.


En la congregación que pastoreo en Louisville, KY, la gente proviene de lugares donde hay violencia armada, opresión, pobreza y persecución, incluso allí mismo por causa del estatus migratorio. Las oraciones del pueblo son el corazón de nuestra adoración. A veces duran más que el sermón… ¡y nadie quiere que las acorte!


Oramos por la paz, por el shalom, por justicia.


  • Para que Dios dé sabiduría a quienes gobiernan en todo el mundo.

  • Para que abra sus entendimientos.

  • Para que transforme sus corazones.

  • Para que haya shalom donde hay guerra y violencia.

  • Para que dejen de morir niñas y niños por decisiones ambiciosas e irresponsables.

  • Para que no se persiga injustamente a inmigrantes ni a comunidades marginadas.

  • Para que no se manipule la justicia para castigar inocentes.

  • Para que haya equidad para todas las personas.


Una invitación

¿Qué añadirías tú a esta lista de oraciones?


Estoy convencida de que la oración no es lo único que podemos hacer, pero sí una de las acciones más poderosas. Nuestras oraciones deben pedir y anunciar paz, pero también exigir rendición de cuentas y denunciar cuando el bienestar de un pueblo está en riesgo.


Sin justicia no hay paz verdadera. Sin paz no hay justicia verdadera. El shalom solo se alcanza cuando todas las personas tienen acceso a la plenitud de vida.


Hoy, en el Día Internacional de la Paz, recordemos que la paz no es solo ausencia de guerra, sino un trabajo constante de justicia, reconciliación y cuidado mutuo. Oremos por decisiones de gobierno que promuevan paz, justicia y cuidado de la creación.


Oremos con poder.

Oremos con convicción.

Oremos con intención.

Para que en el mundo haya paz.

 
 
 

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