- Marissa Galván
- 2 days ago
- 8 min read
Esta es una reflexión basada en un sermón que utiliza Mateo 11:16-19, 25-30. Comparte mis preocupaciones sobre intentos de redefinir la gracia hacia el legalismo y la restricción.
La gracia barata y la gracia costosa
Gracia es una de mis palabras favoritas porque expresa la manera en que Dios se relaciona con su creación. Si dedico tiempo a comprenderla plenamente, entenderé mejor la inmensa gratitud que la creación debería sentir hacia Dios.
Como editora de recursos en español de la Iglesia Presbiteriana (EE.UU.) trabaje en un currículo titulado Crecemos en gracia y gratitud. Uno de los mayores desafíos que enfrentamos fue tratar de explicar la gracia a la niñez de la iglesia. Nuestro ensayo base decía lo siguiente acerca de la gracia:
«Dios es quien crea por amor; nos ama incluso cuando nos apartamos de Dios y de su camino en el mundo; obra el perdón de nuestro pecado; se revela en la persona de Jesucristo; y continúa sosteniéndonos y fortaleciéndonos mediante el poder del Espíritu Santo. Todo esto es un don gratuito para su pueblo: no podemos ganarlo ni retribuirlo. La gracia es, por un lado, la manera en que Dios actúa y, por otro, un regalo que se nos concede para compartirlo y apoyarnos en él a lo largo de la vida».
¡Pero esas son demasiadas palabras!
Creo que la frase que finalmente encontramos para explicarla fue: «La gracia es un amor más grande de lo que puedes imaginar».
Y es verdad.
La gracia es un amor inmerecido, porque consiste en recibir bondad cuando, en realidad, mereceríamos lo contrario. Es más grande que nosotros y nosotras/es porque perdona todos nuestros errores y nos da esperanza para el futuro. Además, la gracia es un regalo cotidiano, porque necesitamos ese amor todos los días para ayudarnos a ser la mejor versión de quienes somos.
Dietrich Bonhoeffer habló de manera memorable acerca de la gracia barata y la gracia costosa. La gracia barata, dice Bonhoeffer, es la gracia sin discipulado: el perdón sin arrepentimiento, la fe sin transformación y la religión sin una entrega genuina a Cristo. Es la tentación de aceptar la misericordia de Dios mientras se resiste el llamado de Dios a cambiar.

La gracia costosa, en cambio, es la gracia que nos llama a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Es costosa porque exige sacrificio, arrepentimiento y obediencia; sin embargo, sigue siendo gracia porque, por medio de ella, descubrimos la verdadera vida en Cristo. Bonhoeffer nos recuerda que la gracia es gratuita, pero no es barata: le costó a Dios la vida de su Hijo y nos llama a responder con una entrega de todo corazón.
Así que hemos dicho que la gracia es amor y que puede ser barata o costosa… pero ¿puede también ser ligera y llevadera?
Cuando la gracia es pesada
En Mateo 10 hemos escuchado a Jesús hablar con sus discípulos acerca de su llamado. Ha sido profundamente sincero. Les ha dicho que serán como ovejas en medio de lobos. Les ha advertido que serán rechazados y perseguidos, que sus familias podrían experimentar divisiones y la ruptura de los vínculos familiares. También les ha dicho que el discipulado exige una lealtad absoluta a Cristo por encima de cualquier relación terrenal y que deberán tomar su propia cruz —un instrumento de tortura— para seguirle. Todo esto conecta profundamente con la idea de Bonhoeffer sobre la gracia costosa: seguir a Jesús tiene un costo porque nos exige todo, pero sigue siendo gracia porque, mediante esa entrega, recibimos la vida en Cristo.
La gracia, entonces, puede parecer una carga pesada, algo difícil de llevar.
Y cuando llegamos a Mateo 11, esa carga no parece hacerse más ligera. Jesús pronuncia los versículos 16–18 sabiendo que su primo Juan está en la cárcel. Comienza con una pregunta retórica: «¿Con quién compararé a esta generación?». Luego la compara con unos niños y niñas que están en la plaza jugando… o, mejor dicho, que no quieren jugar en absoluto. ¿Suena música alegre? Se niegan a bailar. ¿Se entonan cantos fúnebres? Se niegan a lamentarse. ¡Es un grupo caprichoso y difícil de complacer! Rechazan a Juan porque es demasiado austero: «Tiene un demonio». Y rechazan a Jesús porque es demasiado confianzudo y abierto a la gente: «Es un comilón y un borracho». Así que el problema no es el estilo ni el método de Jesús. Lo habrían rechazado de cualquier manera. Su manera de entender la gracia les resulta demasiado pesada.
Pero ¿cuándo llega realmente a ser pesada la gracia?
Esta semana estuve viendo la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana y observé que hay personas que desean que la Iglesia vuelva a una época en la que las cosas eran supuestamente menos complicadas. Quieren "reconquistar" a las iglesia protestantes que son más abiertas, para que vuelvan a una supuesta ortodoxia. ¡Hasta han escrito 95 tésis! Estas son algunas de estas tésis con comentario:
Los ministros cristianos no deben tener permitido negar que Jesús es verdaderamente Dios. Bien. Eso parece concordar con nuestras confesiones de fe… pero la expresión «no deben tener permitido» me resulta incómoda. Me suena a sentencia y a posible castigo... no a gracia.
Los ministros cristianos deben afirmar la autoridad de la Escritura como Palabra de Dios. Claro… pero el problema está en cómo se interpreta esa «autoridad de la Escritura». Esta ministra cristiana cree que Cristo es el centro de toda interpretación bíblica. También cree que la Escritura debe leerse en comunidad, lo cual significa que mi interpretación no prevalece sobre la tuya, porque el Espíritu Santo sigue iluminando nuestra comprensión de la Palabra de Dios.
La Iglesia debe afirmar que existe un solo Dios verdadero. Sí… pero debemos tener cuidado de que eso no implique que las demás religiones provienen del diablo y que, por tanto, no debamos dialogar ni colaborar con ellas. El dialogo interreligioso es esencial para nuestro trabajo en el mundo. Si, en lugar de dar un testimonio fiel y amoroso, nos dedicamos a generar hostilidad, la Iglesia termina perdiendo su rumbo.
La teología de la liberación, aunque contiene elementos de verdad, no debe sustituir al verdadero evangelio. Y aquí tengo muchas objeciones. ¿Quién define qué significa «el verdadero evangelio»? Es cierto que no debemos reducir el evangelio únicamente a la liberación política. Sin embargo, la teología de la liberación pone de relieve la preocupación de Dios por las personas oprimidas y subraya la justicia y la verdadera libertad para todas las personas. Entonces… ¿el verdadero evangelio no habla de estas cosas? A mí esto me huele a agenda oculta. Y prefiero no entrar a hablar del prejuicio que hay detrás de una afirmación que señala específicamente a una corriente teológica nacida en América Latina y África.
Todo esto me recuerda que, con demasiada frecuencia, juzgamos el mensaje de Dios a partir de nuestras propias preferencias. Queremos controlar lo que Dios dice, lo que la Iglesia dice y lo que las personas que ejercen el ministerio dicen. Queremos que Dios hable como queremos que hable. Queremos que la gracia sea para las personas que consideramos merecedoras de ella. Queremos que la Iglesia incluya a personas iguales a nosotros y nosotras… pero que excluya a quienes son diferentes.
Y cuando hacemos eso, hacemos que la gracia sea pesada.
Convertimos la gracia en legalismo.
Dan González, en su comentario sobre este pasaje, nos recuerda que los sistemas legalistas imponen cargas aplastantes sobre las personas. Son sistemas de expectativas rígidas. Prosperan a partir del juicio público. Infunden miedo al fracaso. Y entonces la gracia deja de funcionar como gracia y empieza a funcionar como castigo.
Empieza a funcionar como venganza.
Empieza a funcionar como exclusión.
Deja de ser amor y se convierte en algo completamente distinto porque la gracia rompe nuestras expectativas. La gracia llega de maneras inesperadas. Y cuando empezamos nuestras frases diciendo que los ministros «deben» hacer esto o «no deben» hacer aquello, o que la Iglesia «debe» hacer esto o «no debe» hacer aquello, olvidamos que la gracia no nos pertenece.
No nos corresponde controlarla. La gracia no baila al son de nuestra música.
No depende de nuestro estado de ánimo.
Cuando la gracia es ligera y llevadera
Entonces, ¿cuándo se vuelve ligera y llevadera la gracia?
Y fíjense bien: no estoy diciendo que «ligera» signifique «barata».
Seguir a Jesús sigue siendo costoso. La gracia continúa siendo gratuita, pero una respuesta auténtica de gratitud nos lleva a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Esa respuesta implica sacrificio, arrepentimiento y obediencia.
Dan González nos recuerda que seguir a Jesús es costoso porque nos exige todo; sin embargo, la carga que Jesús nos ofrece es mucho más ligera que la carga del legalismo, de la necesidad constante de demostrar nuestro valor, de la autoprotección y, en última instancia, de resistir la gracia ligera y llevadera de Dios.
La gracia ligera y llevadera no se concede solamente a una persona, sino a toda una comunidad.
La gracia ligera y llevadera hace que los yugos y las cargas se lleven en comunidad, nunca en soledad.
La gracia ligera y llevadera está definida por el amor, no por las restricciones.
La gracia ligera y llevadera ofrece descanso para nuestra alma en lugar de culpa y juicio.
Por eso interpreto hoy que Jesús puede decir que su yugo es fácil y su carga es ligera. Él entiende su ministerio como una experiencia profundamente comunitaria, y entiende el amor de Dios como su sostén, su seguridad y su motivación.
Y necesitamos aprender siempre de él.
En lugar de redactar más tesis, necesitamos aprender a vivir desde la gratitud.
En lugar de imponer más restricciones, necesitamos encontrar maneras de conectar con Dios y mutuamente.
En lugar de levantar muros, necesitamos construir puentes.
Es entonces cuando la gracia se vuelve ligera y llevadera.
Y la gratitud deja de ser una obligación para convertirse en una celebración del bienestar y del amor de Dios para el mundo.
Amamos porque Dios nos amó primero
Como decía al comienzo de este ensayo, la gracia es una de mis palabras favoritas.
Me recuerda que Dios me ama.
Me recuerda que no estoy sola.
Me recuerda que las cosas no dependen únicamente de mí, sino que hay una Sabiduría mayor que la mía que guía mi camino.
También me recuerda —y me impulsa una y otra vez— a cultivar la disciplina de la gratitud.
He recibido gracia y doy gracias.
El bautismo siempre me ha recordado la gracia y la gratitud. Por eso quiero compartir una de mis liturgias bautismales favoritas e invitarles a leerla como una afirmación de una convicción de que la gracia de Dios es amorosa, que la gracia de Dios es costosa y que la gracia de Dios también puede ser ligera y llevadera cuando recordamos el compromiso y la promesa que Dios ha hecho con su pueblo. Es parte de la liturgia de bautismo de la Iglesia Reformada Francesa:
Por ti, pequeña, por ti, pequeño:
El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas en la creación,
y el Señor Dios hizo pactos con su pueblo.
Fue por ti que la Palabra de Dios se hizo carne
y habitó en medio nuestro,
llena de gracia y de verdad.
Fue por ti, que Jesucristo sufrió la muerte,
clamando al final:
«¡Consumado es!».
Por ti, Cristo triunfó sobre la muerte,
resucitó a una vida nueva
y ascendió para reinar sobre todas las cosas.
Todo esto fue hecho por ti,
aunque todavía no puedas comprenderlo.
Pero seguiremos anunciándote esta buena noticia
hasta que llegue a ser también tuya.
Y así se cumple la promesa del evangelio:
«Nosotros amamos porque Dios nos amó primero».
