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Writer: Marissa Galván
Marissa Galván
6 hours ago
6 min read

El objetivo cristiano ante el conflicto no es ganar, sino restaurar la relación.


Hay pasajes bíblicos cuyo significado parece difícil de descifrar. Mateo 18,15-20 no es uno de ellos. Jesús ofrece instrucciones bastante directas para enfrentar un conflicto: hablar primero con la persona, buscar ayuda si es necesario, involucrar después a la comunidad y establecer límites cuando no haya disposición para escuchar.


El procedimiento parece sencillo. Ponerlo en práctica es otra historia.


Brian Erickson cuenta acerca de una iglesia cuyos miembros se sentían tan intimidados por su organista, una mujer mayor que llevaba muchos años en el puesto, que no se atrevían a despedirla. En lugar de conversar directamente con ella, le organizaron una fiesta de jubilación.


Cuando aquello no funcionó, regalaron el órgano.


La historia resulta graciosa porque es absurda, pero también porque se parece demasiado a la realidad. Las iglesias, como todas las familias, pueden ser lugares llenos de malentendidos, sentimientos heridos, chismes, viejos rencores y diferencias difíciles de manejar. Y no siempre sabemos qué hacer con todo eso.


Dos maneras de evitar el verdadero conflicto

Una respuesta frecuente es la pasividad, o su pariente, la conducta pasivo-agresiva. Comunicamos nuestro descontento por medio del silencio, el sarcasmo, el distanciamiento, las bromas mordaces, la negativa a colaborar o las publicaciones vagas en Facebook. A veces hasta convertimos una frase religiosa en arma: «Estoy orando por ti».


En el extremo opuesto encontramos la cultura del debate, que suele convertir el conflicto en combate.


En esos intercambios, las personas no se escuchan para comprender. Escuchan buscando una debilidad, preparando la respuesta demoledora que calle a la otra persona o esperando el momento que les permita declarar que su lado ganó.


Ninguno de estos enfoques resuelve el conflicto.


La pasividad lo evita al impedir la comunicación directa. El debate combativo lo evita al impedir la vulnerabilidad. Ambos intentan protegernos de una de las posibilidades más inquietantes de un encuentro sincero: que escuchar a la otra persona cambie algo en nuestro interior.


El objetivo no es ganar

Hace algunos años participé en un seminario virtual del Lombard Mennonite Peace Center. De todo lo que aprendí, una idea permanece conmigo: no podemos evadir el conflicto, porque forma parte de la vida cotidiana. La pregunta no es si tendremos conflictos, sino cómo responderemos ante ellos.


Y, para las personas cristianas, el objetivo no debe ser ganar. El objetivo es restaurar la relación.


Eso se parece mucho a lo que Jesús propone en Mateo 18. El corazón del pasaje aparece en el versículo 15: «Si te escucha, habrás recuperado a tu hermano».


No se trata de demostrar que tenemos la razón, hablar a espaldas de la persona o ganar una discusión. El mejor resultado posible, según Jesús, es recuperar a un hermano o a una hermana.


Esto no significa que debamos ignorar el daño o tolerar cualquier conducta. Puede llegar un momento en que sea necesario establecer límites, imponer consecuencias o proteger a la comunidad. La reconciliación no puede imponerse a quien se niega a rendir cuentas.


Pero, aun entonces, el objetivo no es la venganza.


Seguimos dejando abierta la posibilidad del arrepentimiento, la transformación y la reconciliación. Después de todo, cuando Jesús dice que tratemos a alguien «como gentil y recaudador de impuestos», conviene recordar cómo trataba él a esas personas. Mateo mismo había sido recaudador de impuestos. Sabía muy bien en qué consistía la obra restauradora de Jesús.


No publiques primero en Facebook

Las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos y también nuestra manera de enfrentar los conflictos.


Facebook, donde las amistades se forman con solo tocar un botón, también ha hecho que terminarlas sea increíblemente fácil. Podemos eliminar a alguien de nuestra lista, bloquearlo o discutir con esa persona sin tener que mirarla nunca a los ojos.


La afiliación política, el apoyo a determinados candidatos y las posturas sobre asuntos polémicos también han llevado a algunas personas cristianas a cuestionar la fe de otras. Sin embargo, Mateo 18 nos ofrece una narrativa alternativa.


Nos llama a reconocernos como familia y a buscar la reconciliación.


Así que, cuando surja un conflicto:


No publiques primero en Facebook.


Habla directamente con la persona. Comienza con una conversación sincera y respetuosa que preserve su dignidad. Recuerda que el objetivo es la restauración, no la victoria.


Si esa conversación no funciona, amplía el círculo con cuidado. Busca personas capaces de facilitar el discernimiento y fomentar la rendición de cuentas, no aliadas que te ayuden a derrotar a la otra parte.


Reconoce cuándo el conflicto está afectando al resto de la comunidad. Di la verdad con amor. Busca una disciplina justa y restauradora cuando sea necesaria. Y confía en que Cristo está presente en cada conversación incómoda:


«Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


La reconciliación no significa fingir que nada sucedió. La verdad importa. El pecado puede y debe ser nombrado. La rendición de cuentas es real y la comunidad tiene responsabilidades. Pero la disciplina cristiana no debe tener como propósito principal el castigo o la exclusión. Su horizonte es la restauración de las personas y de la comunidad bajo el señorío de Cristo.


Volvamos a la organista

¿Qué habría ocurrido si aquella iglesia hubiera enfrentado directamente el conflicto con su organista?


Para empezar, sus líderes habrían tenido que identificar el verdadero problema.


¿Ya no podía tocar adecuadamente? ¿Controlaba el culto? ¿Se negaba a seguir instrucciones? ¿Habían cambiado las necesidades musicales de la congregación? ¿Su comportamiento se había vuelto perjudicial?


«Tenemos que deshacernos de ella» no describe el conflicto. Un proceso saludable comienza por identificar la conducta o la situación concreta que necesita cambiar.


Después, alguien con la responsabilidad apropiada habría hablado directamente con ella:


«Agradecemos los muchos años que has servido a esta congregación. También necesitamos conversar sobre algunas preocupaciones relacionadas con tu función como organista y sobre lo que la iglesia necesitará de ahora en adelante».


Entonces, y esto es fundamental, la habrían escuchado.


Tal vez ella sabía que estaba teniendo dificultades y sentía terror de perder una función que se había convertido en parte central de su identidad. Quizás nadie le había dicho que existía un problema. Tal vez tenía sus propias quejas o algunas de las suposiciones de la congregación eran incorrectas. También es posible que fuera una persona difícil y no estuviera dispuesta a cambiar.


Un proceso saludable no garantiza que todas las personas estarán de acuerdo. Garantiza que recibirán la dignidad de participar con sinceridad en un conflicto que les concierne.


La iglesia podría haber establecido expectativas, recursos y consecuencias claras: esto es lo que debe cambiar; esto es lo que podemos ofrecer para ayudarte; en esta fecha volveremos a evaluar la situación. Si finalmente hubiera sido necesario despedirla, podrían haberlo hecho de una manera abierta, compasiva y clara.


Cuando nos negamos a enfrentar el conflicto, con frecuencia intentamos cambiarlo todo menos el verdadero problema. Reorganizamos los programas, sustituimos los comités, alteramos el culto, redactamos nuevas políticas o abandonamos la iglesia.


Y, aparentemente, a veces hasta regalamos los órganos.


Cualquier cosa con tal de no decir: «Hermana, tenemos que hablar».


Una comunidad valiente

La paz no es simplemente la ausencia de una conversación incómoda. En ocasiones, la paz se vuelve posible precisamente porque finalmente tuvimos esa conversación.


Jesús no nos enseña a construir comunidades sin conflictos. Nos enseña a formar comunidades lo suficientemente valientes como para decir la verdad con amor, lo suficientemente humildes como para escucharse y lo suficientemente comprometidas como para permanecer en relación mientras enfrentan las cosas difíciles.


A veces, la reconciliación significa permanecer juntas.


Otras veces, significa que alguien deja de ocupar el puesto de organista.


Y, en ciertas ocasiones, significa reconocer que una relación o una función debe cambiar, pero tomándonos el tiempo para honrar el servicio de una persona y poniendo fin a las cosas de una manera saludable y amorosa.


En todos los casos debemos recordar el objetivo: recuperar a un hermano o a una hermana.


Ser una persona cristiana conflictiva no significa ir por la vida creando conflictos. Ya tenemos suficientes personas ofreciéndose como voluntarias para ese trabajo.


Significa negarnos a huir del conflicto. Hablar con sinceridad, pero sin crueldad. Escuchar sin preparar nuestra próxima respuesta. Arriesgarnos a ser transformados y transformadas por la verdad de otra persona. Buscar la rendición de cuentas sin renunciar precipitadamente a la relación.


Significa creer que, incluso en esa habitación incómoda, durante esa conversación difícil, cuando dos o tres personas se esfuerzan por encontrar el camino de regreso unas hacia otras, Cristo está allí en medio de ellas.


Este texto fue adaptado de un sermón predicado el 6 de septiembre de 2026 en la Iglesia Presbiteriana Beechmont, basado en Mateo 18:15-20.

 
 
 

En su más reciente Asamblea General, la Iglesia Presbiteriana (EE.UU.) adoptó varias medidas relacionadas con Israel y Palestina. Estas decisiones no surgieron de la nada, sino que se fundamentan en décadas de declaraciones y acciones anteriores de la denominación.


Entre otras cosas, la Asamblea tomó las siguientes medidas:

  • Reconoció que Israel ha violado la prohibición internacional del genocidio en su conducción de la guerra en Gaza.

  • Promovió un embargo de armas y pidió al Gobierno de Estados Unidos que suspendiera la transferencia de armas de guerra a Israel hasta que se respete el derecho internacional humanitario.

  • Animó a las personas que pertenecen a la Iglesia Presbiteriana a evitar la compra de productos que apoyen directamente la ocupación o las acciones militares señaladas por la Asamblea, o que se beneficien de ellas.

  • Aprobó nuevas medidas de inversión socialmente responsable, incluida la desinversión en empresas como Palantir Technologies y GE Aerospace.

  • Reafirmó el compromiso de la denominación con el derecho internacional, los derechos humanos y una paz justa para el pueblo palestino.


El liderazgo de la Iglesia hizo énfasis en que estas críticas están dirigidas a las políticas del Estado de Israel, no al pueblo judío ni al judaísmo. También rechazaron explícitamente el antisemitismo.


Lo que estas decisiones significan —y lo que no significan—

Estas medidas expresan el testimonio oficial y la labor de incidencia pública de la denominación. Orientan el trabajo de sus agencias nacionales y animan a las congregaciones y a cada persona presbiteriana a responder.


Sin embargo, no obligan a todas las congregaciones ni a todos sus miembros a adoptar cada recomendación. Las iglesias locales conservan una autoridad considerable dentro de la forma de gobierno presbiteriana.


Una de nuestras confesiones declara que solo Dios es Señor de la conciencia (Westminster). Esto significa que ninguna autoridad humana —sea la Iglesia, el Gobierno o una persona— puede someter la conciencia cristiana más allá de lo que exigen las Escrituras bajo el señorío de Cristo.


Existe, por lo tanto, una diferencia entre el testimonio colectivo de la Iglesia y la conciencia individual.


Las personas comisionadas para servir en la Asamblea General no pueden afirmar ser infalibles. Tampoco poseen la autoridad para exigir que cada persona presbiteriana esté de acuerdo con todas las declaraciones de testimonio social de la denominación.


Solo Cristo es la Cabeza de la Iglesia. Cada persona es libre, por motivos de conciencia, de considerar las conclusiones de la Asamblea, luchar con ellas, discrepar de ellas o rechazarlas.


La Iglesia debe ser profética y proclamar la verdad en el mundo, pero no posee autoridad absoluta sobre las conciencias de quienes creen.


Algunas personas llaman a esto una tensión saludable. Sin embargo, no deja de ser una tensión. Puede causar tristeza y angustia entre creyentes y llevarnos a preguntarnos cómo podemos convivir en medio de nuestras diferencias.


La angustia de Pablo

Romanos 9:1–5 está lleno de tensión y emoción.


El apóstol Pablo es conocido como uno de los grandes teólogos de la Biblia. Por lo general, cuando pensamos en la teología, no pensamos inmediatamente en las emociones. Por eso, las palabras de Pablo en este pasaje pueden sorprendernos: parecen surgir tanto de su corazón como de su mente.


La versión bíblica El Mensaje expresa el dolor de Pablo de una manera particularmente directa:


«Al mismo tiempo, necesitan saber que siempre llevo conmigo una inmensa tristeza. Es un dolor enorme en lo más profundo de mi ser, del cual nunca me libero. No exagero: Cristo y el Espíritu Santo son mis testigos. Es por el pueblo de Israel… Si hubiera alguna manera de que el Mesías me maldijera para que mi pueblo pudiera recibir su bendición, lo aceptaría de inmediato. Es mi familia; crecí con ella. Lo tenía todo a su favor: la familia, la gloria, los pactos, la revelación, la adoración y las promesas, sin mencionar que de este pueblo surgió el Mesías, el Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas, para siempre».

Romanos es una de las cartas más hermosas de la Biblia. En ella, Pablo ofrece lo que Martha C. Highsmith describe como «uno de los testimonios más inspiradores de todas las Escrituras cristianas».


Sin embargo, después del capítulo 8, Pablo parece desmoronarse. Suena como alguien que ha visto la verdad y la luz, y que desea que todas las personas que conoce experimenten lo mismo, pero se siente frustrado porque no lo hacen.


Esta reacción es profundamente humana.


Si descubrimos un buen restaurante, queremos compartirlo. Si encontramos una buena oferta, se lo contamos a otras personas. Si vemos una buena película, la recomendamos. Pero cuando alguien ve la misma película y nos dice que es una basura, podemos sentir enojo y tristeza al mismo tiempo.


Pablo está tan afligido que, según Highsmith, estaría dispuesto incluso a renunciar a su propia relación con Cristo si, de ese modo, el pueblo de Israel pudiera ver lo que tiene: aquello que el propio Pablo ha encontrado.


Hasta el día de hoy, podríamos decir que la angustia de Pablo continúa. Hay personas que reconocen a Cristo como su Mesías y otras que no. Esa tensión sigue formando parte de la vida, nos guste o no.


Para mí, lo más hermoso del pasaje es que Pablo no se da por vencido.


Sigue amando a su familia y reconoce todo lo que esta ha recibido. No la descarta. Su familia continúa formando parte de su vida, de su fe y de su carta.


Si podemos aprender algo de este pasaje, es precisamente cómo vivir con la tensión mientras tratamos de comprender lo que Dios está haciendo en el mundo.


Cuando desaparece la tensión y solo quedan los extremos

Highsmith señala que nuestro mundo actual no parece seguir el ejemplo de Pablo.


Nos descartamos mutuamente e ignoramos los planes y la gracia de Dios: una gracia que se extiende más allá de nuestros círculos, nuestras opiniones y nuestras perspectivas.


A veces ni siquiera sentimos tristeza o angustia al observar cómo luchamos y nos dividimos.


En uno de los extremos se encuentran quienes han utilizado este pasaje para alimentar el antisemitismo.


El antisemitismo es el prejuicio, el odio, la discriminación o la hostilidad contra el pueblo judío por el hecho de ser judío.


Algunas personas cristianas se complacen con la idea de que Dios ha rechazado al pueblo judío. Así interpretan el pasaje de Romanos. Pero esa interpretación constituye una tergiversación.


La actitud de Pablo es exactamente la contraria. Está angustiado porque sus compatriotas judíos no comprenden quién es Cristo ni lo que Cristo ha venido a hacer. En lugar de celebrar su supuesto rechazo, Pablo siente «tristeza y angustia incesante» por Israel, después de haber experimentado personalmente el gozo de la vida en Cristo.


En el otro extremo se encuentran quienes creen que el pueblo judío tiene un derecho divino a regresar a Israel y que Dios desea que lo haga. Esta posición considera a las personas judías descendientes del Israel bíblico y herederas del pacto entre Dios y Abraham.


Algunas personas cristianas entienden el cumplimiento de esta promesa bíblica como un requisito previo para el regreso de Cristo a la Tierra. Como desean que Cristo regrese, apoyan que el pueblo judío tome el control de Israel por cualquier medio que sea necesario.


Esto es lo que se ha denominado sionismo cristiano.


Sin embargo, esta también es una postura de exclusión. La expansión excluye y, en este caso, excluye al pueblo palestino. Contrario a lo que a menudo se supone, dentro del pueblo palestino también hay personas cristianas. Ellas forman parte de la Iglesia gentil a la que también pertenecemos.


La misericordia de Dios desafía nuestras categorías

Kyle D. Fedler afirma que la preocupación principal de Romanos 9–11 no es antropológica. Es decir, la pregunta central no es cuáles seres humanos se salvan y cuáles se condenan.


Esa es una preocupación frecuente entre los seres humanos, pero no es la preocupación principal de Pablo.


El mensaje de Pablo trata de Dios y, en particular, de la misericordia inquebrantable de Dios.


La misericordia de Dios —la gracia de Dios— se opone a nuestra necesidad de decidir, desde una pretendida superioridad moral, quién está dentro y quién queda fuera.


En el pasaje, Pablo está dispuesto a «ser maldecido por el Mesías para que su familia pueda recibir su bendición». Fedler observa que Pablo sigue el ejemplo del Cristo a quien adora: está «dispuesto a asumir el castigo para que otras personas pudieran salvarse».


Pablo está convencido de que Cristo se entregó voluntariamente por amor absoluto a la humanidad.


Y me atrevo a decir que Cristo lo hizo tanto si ese amor era correspondido como si no; tanto si las personas por quienes lo hizo creían en él como si no.


Una conclusión acerca de la verdad

Fedler concluye su comentario diciendo que «cualquier conclusión a la que Pablo llegue con respecto a la salvación de Israel debe comenzar y terminar con su absoluta certeza del amor inquebrantable de Dios, revelado en la cruz de Cristo».


Lo que está en juego es la certeza de la gracia de Dios.


La gracia de Dios supera nuestro entendimiento.


La gracia de Dios elige de maneras inesperadas y sin nuestro consentimiento.


La gracia de Dios debería tener un impacto tan profundo en nuestras vidas que estemos en la disposición de renunciar a nuestras propias certezas y a recordar que no controlamos el amor ni el favor de Dios.


Cualquier postura extrema que niegue la humanidad de otras personas termina excluyendo.


Sin embargo, el Dios que encontramos en Jesucristo avanza continuamente hacia la reconciliación, la misericordia y un abrazo cada vez más amplio.


La tristeza que llevo conmigo

Debo admitir que yo también, desde mi fe cristiana y mi vocación pastoral, llevo conmigo en todo momento una inmensa tristeza.


Creo que las acciones de algunos integrantes del Gobierno israelí han violado la prohibición internacional del genocidio.


Creo que lo que hizo Hamás es malvado.


También es horrible leer que, entre las siete comunidades más grandes de la diáspora judía fuera de Israel, el total de incidentes antisemitas aumentó un 136 por ciento y los incidentes violentos aumentaron un 97 por ciento en comparación con 2022, el año anterior al ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre.


Esta tristeza no me convierte en sionista.


También me llena de tristeza escuchar a integrantes de nuestra familia cristiana justificar la matanza de personas palestinas inocentes porque Israel es «la nación de Dios».


No creo en un Dios que justifique semejante violencia y muerte.


Esta tristeza no me convierte en antisemita.


Esta tristeza me ayuda a reconocer que no poseo toda la verdad o las verdades.


Esta tristeza me llama a la humildad.


Esta tristeza me enseña a aferrarme al amor y a la gracia de Dios, incluso cuando no quiero hacerlo.


Eso es lo que esta angustia provoca en mi conciencia.


Una invitación

Por eso, mi invitación no es que adoptemos una postura determinada y, mucho menos, que usted adopte la mía.


Mi invitación es esta:


Escuchemos.


Aprendamos.


Amemos.


Permitámonos sentir tristeza y angustia.


Sigamos abriendo nuestros corazones y nuestras mentes a la asombrosa gracia de Dios.


No permitamos que nuestras vidas se inclinen hacia el odio.


No permitamos que nuestros impulsos nos conduzcan hacia la exclusión.


El Señor a quien seguimos dedicó su vida a derribar esos muros.


De eso estoy segura.

 
 
 
Writer: Marissa Galván
Marissa Galván
Jul 5
8 min read

Esta es una reflexión basada en un sermón que utiliza Mateo 11:16-19, 25-30. Comparte mis preocupaciones sobre intentos de redefinir la gracia hacia el legalismo y la restricción.


La gracia barata y la gracia costosa

Gracia es una de mis palabras favoritas porque expresa la manera en que Dios se relaciona con su creación. Si dedico tiempo a comprenderla plenamente, entenderé mejor la inmensa gratitud que la creación debería sentir hacia Dios.


Como editora de recursos en español de la Iglesia Presbiteriana (EE.UU.) trabaje en un currículo titulado Crecemos en gracia y gratitud. Uno de los mayores desafíos que enfrentamos fue tratar de explicar la gracia a la niñez de la iglesia. Nuestro ensayo base decía lo siguiente acerca de la gracia:


«Dios es quien crea por amor; nos ama incluso cuando nos apartamos de Dios y de su camino en el mundo; obra el perdón de nuestro pecado; se revela en la persona de Jesucristo; y continúa sosteniéndonos y fortaleciéndonos mediante el poder del Espíritu Santo. Todo esto es un don gratuito para su pueblo: no podemos ganarlo ni retribuirlo. La gracia es, por un lado, la manera en que Dios actúa y, por otro, un regalo que se nos concede para compartirlo y apoyarnos en él a lo largo de la vida».

¡Pero esas son demasiadas palabras!


Creo que la frase que finalmente encontramos para explicarla fue: «La gracia es un amor más grande de lo que puedes imaginar».


Y es verdad.


La gracia es un amor inmerecido, porque consiste en recibir bondad cuando, en realidad, mereceríamos lo contrario. Es más grande que nosotros y nosotras/es porque perdona todos nuestros errores y nos da esperanza para el futuro. Además, la gracia es un regalo cotidiano, porque necesitamos ese amor todos los días para ayudarnos a ser la mejor versión de quienes somos.


Dietrich Bonhoeffer habló de manera memorable acerca de la gracia barata y la gracia costosa. La gracia barata, dice Bonhoeffer, es la gracia sin discipulado: el perdón sin arrepentimiento, la fe sin transformación y la religión sin una entrega genuina a Cristo. Es la tentación de aceptar la misericordia de Dios mientras se resiste el llamado de Dios a cambiar.



La gracia costosa, en cambio, es la gracia que nos llama a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Es costosa porque exige sacrificio, arrepentimiento y obediencia; sin embargo, sigue siendo gracia porque, por medio de ella, descubrimos la verdadera vida en Cristo. Bonhoeffer nos recuerda que la gracia es gratuita, pero no es barata: le costó a Dios la vida de su Hijo y nos llama a responder con una entrega de todo corazón.


Así que hemos dicho que la gracia es amor y que puede ser barata o costosa… pero ¿puede también ser ligera y llevadera?


Cuando la gracia es pesada

En Mateo 10 hemos escuchado a Jesús hablar con sus discípulos acerca de su llamado. Ha sido profundamente sincero. Les ha dicho que serán como ovejas en medio de lobos. Les ha advertido que serán rechazados y perseguidos, que sus familias podrían experimentar divisiones y la ruptura de los vínculos familiares. También les ha dicho que el discipulado exige una lealtad absoluta a Cristo por encima de cualquier relación terrenal y que deberán tomar su propia cruz —un instrumento de tortura— para seguirle. Todo esto conecta profundamente con la idea de Bonhoeffer sobre la gracia costosa: seguir a Jesús tiene un costo porque nos exige todo, pero sigue siendo gracia porque, mediante esa entrega, recibimos la vida en Cristo.


La gracia, entonces, puede parecer una carga pesada, algo difícil de llevar.


Y cuando llegamos a Mateo 11, esa carga no parece hacerse más ligera. Jesús pronuncia los versículos 16–18 sabiendo que su primo Juan está en la cárcel. Comienza con una pregunta retórica: «¿Con quién compararé a esta generación?». Luego la compara con unos niños y niñas que están en la plaza jugando… o, mejor dicho, que no quieren jugar en absoluto. ¿Suena música alegre? Se niegan a bailar. ¿Se entonan cantos fúnebres? Se niegan a lamentarse. ¡Es un grupo caprichoso y difícil de complacer! Rechazan a Juan porque es demasiado austero: «Tiene un demonio». Y rechazan a Jesús porque es demasiado confianzudo y abierto a la gente: «Es un comilón y un borracho». Así que el problema no es el estilo ni el método de Jesús. Lo habrían rechazado de cualquier manera. Su manera de entender la gracia les resulta demasiado pesada.


Pero ¿cuándo llega realmente a ser pesada la gracia?


Esta semana estuve viendo la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana y observé que hay personas que desean que la Iglesia vuelva a una época en la que las cosas eran supuestamente menos complicadas. Quieren "reconquistar" a las iglesia protestantes que son más abiertas, para que vuelvan a una supuesta ortodoxia. ¡Hasta han escrito 95 tésis! Estas son algunas de estas tésis con comentario:


  • Los ministros cristianos no deben tener permitido negar que Jesús es verdaderamente Dios. Bien. Eso parece concordar con nuestras confesiones de fe… pero la expresión «no deben tener permitido» me resulta incómoda. Me suena a sentencia y a posible castigo... no a gracia.

  • Los ministros cristianos deben afirmar la autoridad de la Escritura como Palabra de Dios. Claro… pero el problema está en cómo se interpreta esa «autoridad de la Escritura». Esta ministra cristiana cree que Cristo es el centro de toda interpretación bíblica. También cree que la Escritura debe leerse en comunidad, lo cual significa que mi interpretación no prevalece sobre la tuya, porque el Espíritu Santo sigue iluminando nuestra comprensión de la Palabra de Dios.

  • La Iglesia debe afirmar que existe un solo Dios verdadero. Sí… pero debemos tener cuidado de que eso no implique que las demás religiones provienen del diablo y que, por tanto, no debamos dialogar ni colaborar con ellas. El dialogo interreligioso es esencial para nuestro trabajo en el mundo. Si, en lugar de dar un testimonio fiel y amoroso, nos dedicamos a generar hostilidad, la Iglesia termina perdiendo su rumbo.

  • La teología de la liberación, aunque contiene elementos de verdad, no debe sustituir al verdadero evangelio. Y aquí tengo muchas objeciones. ¿Quién define qué significa «el verdadero evangelio»? Es cierto que no debemos reducir el evangelio únicamente a la liberación política. Sin embargo, la teología de la liberación pone de relieve la preocupación de Dios por las personas oprimidas y subraya la justicia y la verdadera libertad para todas las personas. Entonces… ¿el verdadero evangelio no habla de estas cosas? A mí esto me huele a agenda oculta. Y prefiero no entrar a hablar del prejuicio que hay detrás de una afirmación que señala específicamente a una corriente teológica nacida en América Latina y África.


Todo esto me recuerda que, con demasiada frecuencia, juzgamos el mensaje de Dios a partir de nuestras propias preferencias. Queremos controlar lo que Dios dice, lo que la Iglesia dice y lo que las personas que ejercen el ministerio dicen. Queremos que Dios hable como queremos que hable. Queremos que la gracia sea para las personas que consideramos merecedoras de ella. Queremos que la Iglesia incluya a personas iguales a nosotros y nosotras… pero que excluya a quienes son diferentes.


Y cuando hacemos eso, hacemos que la gracia sea pesada.


Convertimos la gracia en legalismo.


Dan González, en su comentario sobre este pasaje, nos recuerda que los sistemas legalistas imponen cargas aplastantes sobre las personas. Son sistemas de expectativas rígidas. Prosperan a partir del juicio público. Infunden miedo al fracaso. Y entonces la gracia deja de funcionar como gracia y empieza a funcionar como castigo.


Empieza a funcionar como venganza.


Empieza a funcionar como exclusión.


Deja de ser amor y se convierte en algo completamente distinto porque la gracia rompe nuestras expectativas. La gracia llega de maneras inesperadas. Y cuando empezamos nuestras frases diciendo que los ministros «deben» hacer esto o «no deben» hacer aquello, o que la Iglesia «debe» hacer esto o «no debe» hacer aquello, olvidamos que la gracia no nos pertenece.

No nos corresponde controlarla. La gracia no baila al son de nuestra música.

No depende de nuestro estado de ánimo.


Cuando la gracia es ligera y llevadera

Entonces, ¿cuándo se vuelve ligera y llevadera la gracia?


Y fíjense bien: no estoy diciendo que «ligera» signifique «barata».


Seguir a Jesús sigue siendo costoso. La gracia continúa siendo gratuita, pero una respuesta auténtica de gratitud nos lleva a seguir a Jesús con toda nuestra vida. Esa respuesta implica sacrificio, arrepentimiento y obediencia.


Dan González nos recuerda que seguir a Jesús es costoso porque nos exige todo; sin embargo, la carga que Jesús nos ofrece es mucho más ligera que la carga del legalismo, de la necesidad constante de demostrar nuestro valor, de la autoprotección y, en última instancia, de resistir la gracia ligera y llevadera de Dios.


La gracia ligera y llevadera no se concede solamente a una persona, sino a toda una comunidad.


La gracia ligera y llevadera hace que los yugos y las cargas se lleven en comunidad, nunca en soledad.


La gracia ligera y llevadera está definida por el amor, no por las restricciones.


La gracia ligera y llevadera ofrece descanso para nuestra alma en lugar de culpa y juicio.


Por eso interpreto hoy que Jesús puede decir que su yugo es fácil y su carga es ligera. Él entiende su ministerio como una experiencia profundamente comunitaria, y entiende el amor de Dios como su sostén, su seguridad y su motivación.


Y necesitamos aprender siempre de él.


En lugar de redactar más tesis, necesitamos aprender a vivir desde la gratitud.


En lugar de imponer más restricciones, necesitamos encontrar maneras de conectar con Dios y mutuamente.


En lugar de levantar muros, necesitamos construir puentes.


Es entonces cuando la gracia se vuelve ligera y llevadera.


Y la gratitud deja de ser una obligación para convertirse en una celebración del bienestar y del amor de Dios para el mundo.


Amamos porque Dios nos amó primero

Como decía al comienzo de este ensayo, la gracia es una de mis palabras favoritas.


Me recuerda que Dios me ama.


Me recuerda que no estoy sola.


Me recuerda que las cosas no dependen únicamente de mí, sino que hay una Sabiduría mayor que la mía que guía mi camino.


También me recuerda —y me impulsa una y otra vez— a cultivar la disciplina de la gratitud.


He recibido gracia y doy gracias.


El bautismo siempre me ha recordado la gracia y la gratitud. Por eso quiero compartir una de mis liturgias bautismales favoritas e invitarles a leerla como una afirmación de una convicción de que la gracia de Dios es amorosa, que la gracia de Dios es costosa y que la gracia de Dios también puede ser ligera y llevadera cuando recordamos el compromiso y la promesa que Dios ha hecho con su pueblo. Es parte de la liturgia de bautismo de la Iglesia Reformada Francesa:


Por ti, pequeña, por ti, pequeño:

El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas en la creación,

y el Señor Dios hizo pactos con su pueblo.


Fue por ti que la Palabra de Dios se hizo carne

y habitó en medio nuestro,

llena de gracia y de verdad.


Fue por ti, que Jesucristo sufrió la muerte,

clamando al final:

«¡Consumado es!».


Por ti, Cristo triunfó sobre la muerte,

resucitó a una vida nueva

y ascendió para reinar sobre todas las cosas.


Todo esto fue hecho por ti,

aunque todavía no puedas comprenderlo.


Pero seguiremos anunciándote esta buena noticia

hasta que llegue a ser también tuya.


Y así se cumple la promesa del evangelio:

«Nosotros amamos porque Dios nos amó primero».



 
 
 

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