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  • Marissa Galván

La opción por la hermandad



La historia de Sara y Agar ha sido descrita en algunas ocasiones como una simple pelea entre dos mujeres celosas. Es posible que hayas escuchado que Abraham y su esposa Sara recibieron una promesa de Dios: la pareja tendría un bebé. Sin embargo, pasó mucho tiempo para que la promesa se cumpliera y Sara se impaciento. Por eso, ella le ofrece a Abraham una solución. Le pide que se acueste con su esclava, Agar, para que esta le pueda dar el hijo que ella no puede darle. Suena a uno de esos casos que se presentan en Caso Cerrado. Y casi podemos imaginar que esto no va a tener un final feliz.


Sara y Agar fueron mujeres durante un momento histórico en que ambas están en peligro por ser mujeres. El ser mujer en esos tiempos era estar en una posición vulnerable en donde no se tenía control sobre su vida, su dinero o su destino. Sara sabía esto de primera mano. Ella era una mujer infértil, en un momento en donde la cosa más importante que podía hacer una mujer era preservar la herencia y el legado familiar por medio de tener hijos varones. Además de eso, la Biblia nos dice que es una mujer de suma belleza. Por eso, es utilizada por Abraham como una pieza de negociación para conseguir el favor de los jefes de tribu y hasta del faraón en un momento en que el grupo familiar pasa por Egipto. Sara es presentada a estos hombres para conseguir protección y riquezas para su familia, y es obligada a hacerlo sin tener ningún poder para remediar la embarazosa y peligrosa situación.


Por eso es irónico que una mujer que conoce el dolor, la fragilidad y la incertidumbre, escoja utilizar el poco poder que tiene para oprimir a otra mujer que tiene menos poder que ella.


Agar, la esclava egipcia, entra en la historia de Abraham y Sara en Génesis 16. Su presencia trata de explicar la relación familiar contenciosa entre el pueblo de Israel y los ismaelitas. Sin embargo, aunque Sara es la matriarca de su familia, Agar es una esclava. Aunque Sara pertenece a su familia, Agar es una extranjera. Aunque Sara disfruta de la prosperidad de su casa, Agar depende totalmente de Sara para poder vivir. Aunque Sara es infértil, tiene control sobre la fertilidad de Agar. La historia hace tanto énfasis en las diferencias entre estas dos mujeres que aún su nombre, «HaGar» nos demuestra cuán invisible e impotente es. Es un nombre de hombre que significa «forastero» o «desconocido». Y cuando la vemos mirando a su ama con desprecio, la tildamos de criada malcriada, en vez de darle la razón.


En Génesis 21, 8-10, vemos cómo Dios cumple su promesa. Isaac nace y el día en que fue destetado, Abraham hace una gran fiesta. De repente, Sara ve a Ismael. Aquí, es interesante como funcionan las traducciones bíblicas: En la Palabra de Dios para todos, dice que Ismael estaba jugando con Isaac. En otras versiones se dice que Ismael se burlaba, pero no dice de quién. En las únicas dos versiones que dice que Ismael se estaba burlando de Isaac son en la Reina Valera del 60 y en la Dios Habla Hoy. Sin embargo, aunque Ismael, un niño, estuviese haciendo niñerías… la reacción de Sara es sorprendente y desmedida. Ella, aprovechó la circunstancia para ejercer su poder e hizo algo totalmente inmerecido e incorrecto: «Echa a esta sierva y a su hijo, pues el hijo de esta sierva no ha de heredar junto con mi hijo, con Isaac».


Wilda C. Gafney, en su Womanist Midrash, nota que Sara tiene otra opción en ese momento. Ella dice que la historia de Sara es una advertencia, que da testimonio de la tentación de ejercitar cualquier privilegio que tengamos sobre otra persona, en vez de defenderla de un peligro compartido. Sara usa su privilegio para oprimir a Agar y a Ismael y para dejarles en el total desamparo. Aquí, le podemos dar gracias a Dios, porque tiene un plan y una promesa, no sólo para Abraham… sino también para Agar.


Gafney comparte esto, reflexionando sobre las palabras de Renita Weems sobre la historia de Sara y Agar en su libro Just a Sister Away. En él, ella nos desafía diciendo que todas somos hijas de Agar… todas necesitamos a una mujer, no para que abuse de nosotras y que nos oprima, sino para que sea nuestra hermana.


Ella lo dice mejor de lo que yo puedo decirlo… y esta es mi traducción de sus palabras. Hay momentos de la vida en que lo único que nos separa de la posibilidad de sufrir y que nos acerca a la sanidad es tener una hermana. Necesitamos a una mujer, a una hermana, que pueda ver en nuestra miseria una imagen escabrosa de lo que un día podría ser nuestra historia. Necesitamos una hermana que nos responda con misericordia. Necesitamos una hermana cuya misericordia genuina—que no debe confundirse con la lástima que es episódica, aleatoria, y de carácter cambiante—es firme, consistente y sin condiciones y dada a manos llenas.


Yo creo que como seres humanos tenemos una opción. Creo que como pueblo tenemos un opción. Creo que como naciones tenemos una opción. Quienes tenemos algún tipo de privilegio, sea mucho o sea poco tenemos una opción. Quienes tenemos educación, un techo... quienes sabemos más de un idioma, que tenemos un poquito de dinero, que vivimos con estabilidad, que tenemos acceso al Internet, a teléfonos inteligentes, que tenemos la posibilidad de poner comida en la mesa tres veces al día, tenemos una opción. Esa opción es la hermandad. Cada vez que tengamos la oportunidad, necesitamos optar por el hermanamiento, por ver a la otra y al otro como la familia que Dios quiere que tengamos. Necesitamos apartarnos de la tentación de las nimiedades, de la naturaleza humana de oprimir porque sentimos que nos han oprimido o de reprimir porque pensamos que otras personas merecen ser oprimidas, o básicamente de agobiar a alguien porque nos cae mal o porque no piensa lo mismo y eso nos da miedo. Necesitamos poner un alto a esta locura de pensar que todos somos como Sara… personas sin conciencia que no se dan cuenta de que toda persona es parte de estos sistemas de opresión y racismo que afectan a todo el mundo y que toman cualquier oportunidad para agobiar, desamparar, abusar y reprimir con nuestro egoísmo, nuestro prejuicio y nuestro racismo. Como dice 1 Corintios: «De manera que si un miembro padece, todos los miembros se conduelen con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros se gozan con él».


Todas necesitamos hermanas en algún momento… y todas necesitamos ser hermanas en todo momento. Por eso debemos escoger siempre la hermandad y la solidaridad sobre toda opción posible. Creo firmemente en que esto es lo que Dios desea para la humanidad. Quiere que vivamos demostrando misericordia genuina y demandando misericordia genuina. Que vivamos haciendo justicia verdadera y demandando justicia verdadera ante toda acción cruel, vengativa, racista y funesta. Seamos hermanas. Seamos hermanos. Seamos hermanes... con fidelidad, consistencia y sin condiciones. Eso es lo que Dios promete y quiere.

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